18 de Agosto, 2005, 17:52:
laplumillaGeneral
Carromatos por la muga
Este fin de semana, con motivo de acompañar a unas amigas a Roncesvalles, para comenzar la etapa del camino de Santiago desde aquí, hemos hecho una excursión por la zona del Baztán. La primera idea era pernoctar cerca de Roncesvalles, pero ha sido imposible. Peinamos la zona de casas rurales, hoteles, hostales y cámpings asequibles, y todo estaba al completo, fue una búsqueda desesperante y estresante. Tiene mucho éxito toda esta zona. Con mucha suerte, encontramos habitaciones libres para esa fecha en una pensión cerca de Erratzu, en Arizkun; de modo que tras pasar un día a gusto por Burguete-Roncesvalles, nos dirigimos al valle baztanés.
Una vez coronado el puerto de Ibañeta, allí donde tuvo lugar la famosa batalla de Roldán (existe un monumento simbólico), el descenso se hace por una sinuosa y nada cómoda carretera, que pasa por el coqueto y turístico pueblo de Valcarlos, aún en España. Luego pasamos lo que era la frontera (ni nos enteramos) y después un pequeño jaleo para encontrar la ruta a seguir. En St. Jean de Pied de Port tenemos un momento de despiste, acrecentado por el numeroso tráfico que aguarda en cola la entrada a través de una muralla, donde leemos que esa ciudad está hermanada con la navarra Estella. Con algún despiste que otro, conseguimos llegar a St. Etienne de Baigorri, un pueblo en el que la calle principal parece no terminar nunca. Vamos con una guía impresa de Viamichelín, pero el despiste es mayúsculo. Finalizamos el pueblo y nos vamos en dirección al puerto de Orokieta. Pero esto lo descubriríamos kms después. Las indicaciones no son nada buenas en esta parte de Francia.
Antes de llegar a un pueblo llamado Banca, nos topamos con una caravana de tres carromatos y una furgoneta que parece acompañarles, no parecen gitanos, no sabemos si serán húngaros o simplemente hippys, pero los cargados carromatos de madera (casas rodantes con chimenea que sólo se ven en algunas películas), son tirados por nerviosos burros y algún caballo.
 En las cuestas, los animales casi ni pueden arrastrar esas casas rodantes; en las bajadas, tienen que correr para que las mismas casas de madera no les arrastren a ellos. Carromatos de colorines, con bicicletas; sus dueños se montan donde pueden en las bajadas y van andando en las subidas.
Me quedé con ganas de saber de esa gente, de su historia, de sus vivencias, de sus experiencias... Hubiese sido bonito hacerles un reportaje fotográfico, claro que te expones a que te pidan de todo, ¿o no? Tenemos cierto recelo a huir de esta gente, que no conocemos, y por ello, desconfiamos. A la gente hay que tratarla para conocerla, sólo entonces podríamos empezar a juzgarla. Personalmente, no tengo
tanto empuje como para pararme y hablar con ellos. Si hubiera estado mi madre, sí que lo hubiera hecho, pues ha trabajado ayudando a la etnia gitana durante muchos años y los conoce y le conocen bien, aunque posiblemente, éstos no la conozcan, pero el mero hecho de detenerse y entablar conversación, creo que estas personas lo agradecerían. Lo comparo a cuando pasas por un pueblo aislado y ves algún vecino, al principio pueden sentirse recelosos, pero al ver que vas con buena intención, se entregan al arte de la buena comunicación.
Fotográficamente, sí que no puedo dejar de sacar instantáneas y dejar patente de ese modo su mundo, su viaje nómada, en vehículos tirados por animales, que reflejan una vida austera y difícil.
Al darnos la vuelta y volver, estaban en una campa al lado de Banca. Los carromatos aparcados y los asnos y caballos descansando. Reunión familiar en torno a una hoguera.
Por fin, encontramos la carretera correcta, justo antes de la iglesia (en dirección de regreso a St. Etienne de Baigorri), hay unas señales que indican el puerto de Izpegui, que marca el paso fronterizo entre España y Francia, y una sinuosa y estrecha carretera que aún no habíamos encontrado y por fin habíamos dado con ella. La altura es grande, se sube rápido y se ve todo el valle francés, rodeado de bellas y coloridas cumbres pirenaicas. Dan ganas de detenerse, pero no hay sitio y ya vamos con el tiempo justo para llegar al alojamiento, que aún tendríamos que buscar.
Al llegar, mi compañera que tiene las señas de donde se encuentra la pensión me dice el nombre de la calle. ¿Tendríamos que preguntar por ella? Calle Txuputo. Aunque no llegamos a ver letreros de ninguna de las calles, reconocemos la pensión al momento de llegar por la calle principal del pueblo. Un bar con tienda de alimentación y restaurante, es la base de un par de pensiones muy bien acomodadas y completas, en las que nos acomodamos con ganas. Como anécdota, decir que la encargada de la pensión, al guiarnos a dónde se encontraba y llevar las toallas, nos dice que está allí mismo, señalando una caseta en medio del campo, junto a la carretera. Dos de nuestro grupo pensamos por un instante que nos iban a meter en ese chamizo, pero pasó de largo afortunadamente. ;-)
Al día siguiente iríamos a la cascada de Xorroxín, uno de los muchos paraísos aún por descubrir en estas hermosas tierras navarras llenas de contrastes. Pero esto sería otro artículo, que no voy a relatar ahora, pero sí que lo pondré -con tiempo y dedicación- en laplumilla.
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